¿Qué es el masking?
El masking en autismo (también llamado camuflaje o enmascaramiento) es el esfuerzo consciente o inconsciente que muchas personas autistas realizan para ocultar o disimular sus características autistas con el fin de encajar en un entorno social no autista.
Consiste en estrategias como:
- Imitar expresiones faciales, gestos o tono de voz de los demás.
- Preparar respuestas sociales de antemano para situaciones cotidianas.
- Reprimir conductas autistas como los stims (movimientos repetitivos que ayudan a regularse).
- Forzar contacto visual, aunque resulte incómodo.
- Ocultar la sobrecarga sensorial o el agotamiento.
- Etc.
Consecuencias del masking
El masking puede ser útil para evitar el rechazo o la discriminación, pero a largo plazo suele tener un alto coste psicológico: agotamiento, ansiedad, depresión, pérdida de identidad e incluso mayor riesgo de burnout autista.
En resumen: el masking es una forma de adaptación social que busca encajar, pero que puede erosionar el bienestar y la salud mental de la persona autista.
Expectativas y realidad
Estoy cansada del ruido de la productividad. Del ruido de la exigencia externa e interna. Cuando tenía 13 años mi aspiración era irme sola a meditar a una cueva durante una larga temporada. Tengo 46 y nunca lo hice. Me levanto cada mañana para ir a trabajar a un lugar que me proporciona una nómina para cubrir mis necesidades básicas e incluso me sobra para emplear en momentos de placer. Soy una adulta inteligente y funcional con una vida normal. Qué suerte tengo. Mentira.
Cada mañana, de camino al trabajo, deseo que llegue el fin de semana para poder estar rato conmigo misma, sumida en mis pensamientos y en mis propias reflexiones de soledad infinita. Que parece que necesito meterme en mi mundo para poder estar bien. Aunque sea para poder regodearme en mi propia sensación de vacío existencial, de soledad profunda, esa soledad profunda que siempre está ahí. A veces tapada por el ruido de lo mundano, por el vaivén de los coches, las conversaciones superficiales, por el trabajo burocrático, por el desorden que habita encima de mi escritorio, por las ideas inconexas que bailan en mi cerebro de lunes a viernes con la esperanza de que llegue el sábado para no tener que “hacer”. Mentira. Llega el sábado y hay que limpiar, comprar, poner lavadoras, etc… no sé, esas cosas que necesitamos hacer para sobrevivir dentro de nuestro propio caos.
Soy una persona con trabajo fijo, inteligente, sin hijos, sin padres a cargo y aparentemente normal. Mentira. La vida cotidiana me cuesta un mundo. Un esfuerzo brutal. Echo de menos aquellos tiempos de 2020 en los que teníamos que estar metidos en casa por obligación. Yo vivía sola y me lo tomé como un “retiro espiritual” y me dediqué a estudiar online. Fue un tiempo de calidad, de estar conmigo, de estudiar un montón de cosas de psicología, de estar a gusto metida en mi mundo. Salía a comprar a las 15 h al super de debajo de mi casa cuando no había casi nadie, salía solo una vez a la semana y me sobraba. Lo mío no es ir al supermercado, aunque tengo que ir para poder comer. Lo mío no es estar constantemente con gente, aunque tenga que estar por mi trabajo.
Lo mío es el estudio de cosas que me apasionan, (como la psicología), lo mío es estar conmigo misma horas y horas pensando, reflexionando, hilando unas ideas con otras, exprimiendo el pensamiento hasta lo absurdo y escribiéndolo, lo mío es escuchar programas de misterio o ver pelis de ciencia ficción, lo mío no es salir a la calle de la ciudad, sino al monte; lo mío es cogerme un libro de un tema que me interese y leerlo de tirón sin interrupciones. Lo mío es tener conversaciones con chatGpt o generar imágenes de IA. Lo mío también es el silencio. Y podría estar haciendo esas cosas durante horas y horas y horas y horas… Cuando no hago caso de lo mío es cuando la palabra “autismo” deja de ser una “condición” del neurodesarrollo como digo muchas veces y salen las consecuencias de lo que es un “trastorno” del neurodesarrollo. La movida es que agoto casi toda mi energía en las exigencias de la vida cotidiana y me queda muy poca para mis pasiones. A veces ni tengo energía para pensar y reflexionar y eso me pone triste, rabiosa y me desespera.
Las consecuencias: pensamientos intrusivos y destructivos, la sensación de no llegar a lo básico, la disociación, la desrealización, el desinterés total por otras personas, el sentir que no doy pie con bola, el meterme en un supermercado y creer que estoy en otro y bloquearme, el no saber si voy a la izquierda o a la derecha, el mareo, las emociones intensamente destructivas, la sensación de que me voy a volver loca, las dificultades para hablar, las contracturas, las crisis existenciales recurrentes, el burn out y las ganas de desaparecer.
Cuando descubrí que no soy una extraterrestre y que solo soy una humana autista, me pareció revelador. Pero muchas veces me recreo en la nostalgia de aquella esperanza de que los míos tal vez algún día vendrían en alguna nave espacial a buscarme y miraba al cielo con esperanza. Esa esperanza ya no está. Y resulta que ahora a veces siento que estoy “condenada” de por vida a llevar una aparente normalidad. Porque lo que más me sigue costando, aun comprendiendo muchas cosas que antes no comprendía, es quitarme la máscara. Y me cuesta porque estoy muy acostumbrada a estar con gente, aunque no sea lo que me apetezca. Y estoy acostumbrada a que la gente está cómoda con gente que no presente comportamientos fuera de lo habitual. Y es lógico, a todo el mundo nos genera desconfianza, incomprensión o temor lo que se sale de lo común. Y, aunque soy capaz de conectar con mis verdaderas necesidades, me suele resultar más sencillo seguir actuando como he aprendido a hacerlo durante tantos años que comportarme como de verdad me gustaría hacerlo. Pero bueno, escribir todo esto también es desenmascarar 🙂
Jo*der, y yo que pensaba que después del diagnóstico todo iba a ser mucho más sencillo… (emoji de gota en la frente).
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