Autismo y saturación sensorial: cuando el silencio deja de ser ausencia de ruido para convertirse en descanso
Hay personas que pagan cientos de euros por dormir en un hotel de cinco estrellas.
Mi hotel de cinco estrellas es una noche de vivac en el suelo. Y es gratis.
Bueno… en realidad no exactamente en el suelo. Entre piedras. Porque siempre acabas buscando ese trocito de tierra que parece un poco más plano y, curiosamente, a las tres de la madrugada descubres que debajo de la esterilla había una piedra que no habías visto.
Dormimos haciendo vivac a unos 2.500 metros de altitud.
No había techo. Ni paredes. Ni cobertura. Tampoco había farolas, coches pasando, vecinos arrastrando muebles o el típico perro que decide ladrarle a la existencia a las cuatro de la mañana. Solo estábamos nosotros, la montaña y un cielo tan lleno de estrellas que, durante unos segundos, pensé aquello que pienso muchas veces cuando miro hacia arriba: qué pequeño es todo lo que nos preocupa ahí abajo.
Dormí.
Me desperté varias veces durante la noche, claro. Me despierto muchas veces también en casa. Pero allí era distinto.
Abría los ojos, veía la luna iluminando las montañas con esa luz tan rara que no parece ni de este mundo, notaba el aire fresco únicamente sobre la cara —porque el resto del cuerpo seguía escondido dentro del saco de dormir, calentito, abrazado por ese pequeño refugio de tela— y volvía a cerrar los ojos.
No hacía falta hacer nada más.
Ni pensar.
Y eso, para alguien que tiene un cerebro que parece haber hecho un máster en darle vueltas a las cosas, ya era bastante extraordinario.
Al amanecer ocurrió algo parecido.
No salió el sol de golpe. Nunca lo hace. Fue apareciendo poco a poco, iluminando primero alguna roca, después una pared de la montaña y, más tarde, todo aquello que durante la noche apenas eran sombras.
Me quedé un rato mirando, sin hacer fotos, sin sacar el móvil, sin pensar que aquello había que compartirlo, simplemente mirando.
Y me di cuenta de una cosa: qué poco miramos.
Parece una tontería, pero creo que llevamos demasiado tiempo confundiendo mirar con ver. Ver vemos continuamente. Mirar… mirar ya es otra historia.
Mientras estaba allí sentada pensé que, probablemente, muchas personas dirían que aquello era silencio.
Pero no. Silencio exactamente no era.
Se escuchaba el viento. Muy suave. Algún pájaro que había decidido empezar el día antes que nosotros. El roce del saco cuando me movía. Incluso mi propia respiración parecía sonar más de lo habitual.
Así que no era ausencia de sonido, era otra cosa: era la ausencia de ruido.
Y no sé muy bien cómo explicar la diferencia, porque el viento no parecía invadirme y los pájaros tampoco.
Ningún sonido luchaba por llamar mi atención, simplemente estaban allí conviviendo.
Como si cada uno conociera perfectamente el lugar que ocupaba.
Ahora que lo pienso, quizá el problema nunca ha sido el sonido, sino que tal vez el problema sea el exceso de sonidos que quieren imponerse unos sobre otros.
Vivimos en ciudades donde prácticamente todo compite por nuestra atención. El semáforo pita. El autobús frena. Una moto acelera. Un camión descarga mercancía. El móvil vibra. Una pantalla se ilumina. Entras en un supermercado y hay música. Vas a una cafetería y hay otra música distinta. En la mesa de al lado alguien habla por teléfono sin ningún pudor. Sales a la calle y un taladro decide que ese es el mejor momento para abrir una zanja.
Y todo eso ocurre mientras intentas pensar qué vas a cocinar cuando llegues a casa, recordar que tienes que responder un correo, decidir si has comprado ya el detergente y procurar no olvidarte de llamar a alguien que lleva dos días esperando una respuesta.
Normal que terminemos agotados.
Lo curioso es que hemos llegado a pensar que eso es lo normal, que la vida es así.
Y quizá lo sea.
Pero una cosa es que sea habitual y otra muy distinta que nuestro sistema nervioso lo viva con naturalidad.
Las personas autistas solemos hablar mucho de la saturación sensorial. A veces se explica como si fuese únicamente una cuestión de hipersensibilidad al ruido. A mí esa explicación siempre se me ha quedado corta.
Porque no es solo el ruido, ojalá fuese tan sencillo.
Es la luz. Son los olores. Es la ropa cuando ese día resulta especialmente incómoda. Es una conversación que no esperabas mantener. Es la cantidad de decisiones pequeñas que tienes que tomar sin darte cuenta. Es el fluorescente de la oficina. Es el aire acondicionado. Es el perfume de alguien que acaba de entrar en el ascensor. Es la televisión que nadie está viendo, pero que permanece encendida porque sí. Es todo junto.
Y, sobre todo, es que casi nunca deja de ser todo junto.
Creo que muchas personas imaginan la saturación sensorial como si de repente ocurriera algo muy intenso y el sistema nervioso dijera: «hasta aquí».
Yo no lo vivo así.
Para mí se parece más a llenar un vaso con un cuentagotas.
Una gota no hace nada. Ni dos, ni veinte.
Pero llega un momento en el que el vaso está lleno y basta una gota más para que el agua empiece a caer.
Entonces parece que reaccionamos de forma exagerada a esa última gota.
Y no. La cuestión nunca fue la última gota, sino que llevábamos todo el día llenando el vaso.
Aquella noche, allí arriba, tuve la sensación de que alguien había vaciado el mío.
No del todo, claro. Tampoco quiero idealizar la montaña. El frío existe. Si hace mucho viento lo paso realmente mal. Dormir sobre piedras tiene su gracia las primeras cinco horas; la sexta ya no tanta. Y si aparece una tormenta, mejor recoger rápido el vivac y bajar.
La naturaleza también puede resultar muy intensa.
Pero la intensidad de la naturaleza no se parece a la intensidad de la ciudad.
Son idiomas distintos.
Y mi sistema nervioso, al menos el mío, parece entender mucho mejor el primero.
¿Qué es exactamente lo que se cansa?
Durante mucho tiempo pensé que lo que me agotaba era simplemente hacer cosas. Trabajar, conducir, hacer gestiones, ir al supermercado, quedar con alguien, caminar por una ciudad llena de gente… Lo atribuía al cansancio normal de la vida. Supongo que todos lo hacemos en algún momento. Pero empecé a sospechar que había algo más cuando me di cuenta de que podía regresar de una ruta de montaña con veinte kilómetros en las piernas y bastante desnivel acumulado sintiéndome mucho mejor que después de una jornada sentada delante de un ordenador. Aquello no terminaba de cuadrar. El cuerpo estaba objetivamente más cansado después de caminar durante horas, pero la sensación interna era justo la contraria. Había algo que descansaba en la montaña y que, curiosamente, no conseguía descansar en mi propia casa después de un fin de semana entero sin hacer prácticamente nada.
Le he dado muchas vueltas a eso. Bastantes. Y creo que la respuesta no está tanto en los músculos como en el sistema nervioso.
Estamos acostumbrados a pensar que descansar consiste en dormir más horas, sentarnos en el sofá o dejar de mover el cuerpo. Pero el cuerpo no es el único que trabaja durante el día. Hay otra parte de nosotros que también lleva una carga enorme y de la que casi nunca hablamos. Nuestro cerebro no deja de procesar información ni un solo instante. Mientras leemos un libro, mantenemos una conversación o esperamos el autobús, está decidiendo constantemente qué estímulos merecen atención y cuáles puede dejar en un segundo plano. Lo hace sin que nos demos cuenta y, probablemente, gracias a eso podemos desenvolvernos con cierta normalidad en un mundo que, visto con un poco de perspectiva, resulta sorprendentemente ruidoso.
Porque la cuestión no es únicamente que escuchemos. Escuchar escuchamos todos. La cuestión es que el cerebro selecciona. Filtra. Ordena. Descarta una enorme cantidad de información para que podamos centrarnos en aquello que, en ese momento, considera importante. Si no fuese así, sería imposible mantener una conversación en una cafetería. Estaríamos pendientes del sonido de cada taza, del camarero colocando platos, de la cafetera, de la música de fondo, de la conversación de la mesa de al lado, de la puerta que se abre continuamente y del ruido de la calle que entra cada vez que alguien sale.
Y ahí es donde creo que, al menos en muchas personas autistas, las cosas funcionan de una manera algo diferente.
No me gusta decir que somos «más sensibles». Nunca me ha convencido esa expresión. Suena como si nuestro sistema nervioso exagerara o como si reaccionara de una forma desproporcionada. Yo no lo vivo así. Más bien tengo la sensación de que mi cerebro tarda más en decidir qué información puede dejar pasar y cuál necesita seguir procesando. Es como si muchos estímulos permanecieran activos al mismo tiempo reclamando una parte de la atención. No significa que escuche mejor que otras personas, ni que vea más cosas. Significa que, en determinados momentos, todo parece tener una importancia parecida y, cuando todo parece importante, el esfuerzo por seguir el ritmo del entorno aumenta muchísimo.
Hay una imagen que me ayuda bastante a explicarlo. Imaginemos una mesa llena de papeles. Si alguien te dice que busques una hoja concreta y el resto de documentos están perfectamente ordenados, probablemente tardarás unos segundos en encontrarla. Pero si todos los papeles están mezclados, abiertos, unos encima de otros y todos parecen igual de relevantes, la tarea cambia por completo. La información es exactamente la misma. Lo que cambia es el trabajo que tienes que hacer para organizarla.
Creo que algo parecido ocurre muchas veces con la saturación sensorial.
Por eso nunca me ha gustado cuando se reduce todo a «es que le molestan los ruidos». Ojalá fuera tan sencillo. No son solo los ruidos. Es la luz del fluorescente que lleva horas encendida. Es el olor intenso del perfume de alguien que acaba de entrar en el ascensor. Es la etiqueta de una camiseta que hoy, por el motivo que sea, resulta insoportable. Es la conversación que no esperabas mantener cuando ya ibas bastante justa de energía. Es tener que decidir continuamente, aunque no seas consciente de ello, a qué estímulo prestas atención y cuál intentas dejar en segundo plano. Ninguna de esas cosas, por separado, suele tener demasiada importancia. El problema aparece cuando todas coinciden y, además, lo hacen durante horas.
Recuerdo una mañana cualquiera esperando a que cambiara un semáforo. No era una avenida especialmente transitada ni estaba pasando nada extraordinario. Sin embargo, mientras esperaba, empecé a fijarme únicamente en los sonidos. Un autobús frenó dejando escapar el aire comprimido. Después pasó una motocicleta acelerando bastante más de lo necesario. El semáforo sonoro emitía aquel pitido repetitivo para las personas con discapacidad visual. Alguien arrastraba un carrito de la compra. Una persiana metálica empezó a subir. Dos personas hablaban detrás de mí y, al otro lado de la calle, un perro decidió ladrar no sé muy bien a qué. Todo eso ocurrió en apenas un minuto.
Pensé entonces una cosa que todavía me sigo preguntando muchas veces.
¿Cómo puede descansar un sistema nervioso aquí?
Y no me estaba refiriendo únicamente al autismo. Me estaba refiriendo a cualquiera.
Quizá el problema sea que hemos normalizado un nivel de estimulación tan alto que ya ni siquiera lo percibimos como algo excepcional. Hemos asumido que vivir consiste en estar rodeados de sonidos, luces, pantallas, conversaciones, olores, prisas y pequeñas interrupciones constantes. Lo llamamos vida cotidiana porque ocurre todos los días, pero que ocurra todos los días no significa necesariamente que nuestro sistema nervioso lo viva como algo neutro.
Tal vez por eso aquella noche, metida dentro del saco de dormir a 2.500 metros de altitud, tuve una sensación tan difícil de describir. No sentí una felicidad especial. Ni euforia. Ni esa emoción intensa que muchas veces asociamos a hacer algo extraordinario. Lo que sentí fue mucho más sencillo que todo eso. Sentí que mi sistema nervioso dejaba de trabajar a ese ritmo frenético al que está acostumbrado en la ciudad. Como si, por unas horas, hubiese dejado de clasificar, filtrar, anticipar y protegerse continuamente.
Y creo que esa fue la vez que volví a recordar que una cosa es descansar el cuerpo y otra muy distinta permitir que descanse el sistema nervioso. Cada vez que vuelvo al monte, me da la sensación de que no voy únicamente a caminar. Voy, sobre todo, a recordar cómo se siente mi cerebro cuando deja de estar ocupándose de tantas cosas al mismo tiempo. Y no sé si esa será la explicación definitiva. Pero, por ahora, es la que mejor consigue darle sentido a lo que vivo.
Tal vez el problema no sea el silencio
Hay personas que, cuando les cuento que he pasado una noche haciendo vivac, me preguntan si no me aburro.
El aburrimiento en el monte no existe.
Para aburrirme tendría que sentir que me falta algo. Y, sin embargo, cuando estoy allí arriba tengo la sensación justamente contraria. No necesito que ocurra nada. No echo de menos la cobertura del teléfono. Ni una pantalla. Ni música. Ni una conversación. Ni siquiera siento la necesidad de hacer una foto continuamente para demostrar que he estado allí. Hay veces que saco el móvil y otras que no. Depende. Pero cada vez me ocurre más una cosa: prefiero mirar que fotografiar.
Y eso me llama bastante la atención.
Porque vivimos en una época en la que parece que todo tiene que convertirse en contenido. Como si una experiencia no terminara de existir hasta que alguien la publica. A mí me pasa al revés. Hay momentos que siento que pertenecen únicamente a ese instante y que fotografiarlos incluso les quitaría parte de su significado. No porque hacer fotos sea malo. Yo hago muchas. Pero algunas cosas prefiero llevármelas solamente en la memoria. Si consigo hacerlo, claro, porque la memoria también tiene sus propios criterios y nunca le pide permiso a uno para decidir qué guarda y qué olvida.
Mientras estaba allí, dentro del saco de dormir, me sentí en paz. Paz es una palabra muy grande. La montaña también tiene días en los que no hay ninguna paz. El viento puede resultar insoportable. El frío puede hacerte tiritar durante horas. Una tormenta puede obligarte a bajar deprisa y cambiar todos los planes. Lo he vivido muchas veces. La naturaleza no siempre es amable. A veces también asusta. Y mucho. Pero esta vez… esta vez tuvo esa compasión de regalarnos lo máximo.
Entonces comprendí que no era la montaña lo que me estaba regalando aquella sensación.
Era otra cosa.
Era el contexto.
Creo que esa palabra explica bastante mejor lo que intento transmitir.
La naturaleza no cambia mi autismo. Cuando amanece sigo siendo autista exactamente igual que cuando me acosté. Tampoco reorganiza mi cerebro ni hace desaparecer la hipersensibilidad sensorial. Mi sistema nervioso continúa funcionando de la misma manera. Lo único que cambia es el escenario en el que tiene que desenvolverse. Y ese cambio, aunque pueda parecer pequeño, modifica por completo la cantidad de trabajo que tiene que hacer.
Muchas veces hablamos de adaptar a las personas autistas. Aprender habilidades sociales. Desarrollar estrategias. Utilizar auriculares. Llevar gafas de sol. Buscar momentos de descanso. Planificar mejor las actividades. Todo eso puede ser útil, por supuesto. Yo misma hago muchas de esas cosas. Pero hay días en los que me pregunto si no estaremos enfocando siempre el problema desde el mismo lugar.
¿Y si, además de enseñarnos a adaptarnos, empezáramos a preguntarnos cómo podrían adaptarse un poco mejor los entornos?
No estoy pensando únicamente en el autismo. Creo que nos beneficiaría a todos.
A veces entro en una cafetería y hay música. Voy al supermercado y también hay música. Entro en una tienda de ropa y vuelve a haber música. En la sala de espera de algún centro sanitario, otra televisión encendida. En algunos ascensores incluso suena música. Me hace gracia porque, si lo pienso fríamente, resulta un poco absurdo. Parece que el silencio se hubiese convertido en algo sospechoso. Como si hubiese que rellenarlo inmediatamente con cualquier sonido para que nadie tuviera que quedarse a solas consigo mismo.
Y, sin embargo, yo cada vez busco más justo lo contrario.
No porque rechace el mundo.
Ni porque quiera vivir aislada. Bueno, a veces sí.
Simplemente porque he descubierto que mi sistema nervioso necesita espacios donde no tenga que defenderse continuamente.
Fíjate que utilizo la palabra defenderse. No sé si es la más correcta desde el punto de vista científico, pero es la que mejor describe cómo lo siento. Defenderse del ruido. De las luces. De las prisas. De las interrupciones constantes. De tener que decidir continuamente a qué prestar atención. Defenderse incluso de cosas que otras personas probablemente ni siquiera registran conscientemente.
Y llega un momento en que uno se acostumbra tanto a vivir así que deja de darse cuenta del esfuerzo que está haciendo.
Hasta que desaparece.
Creo que eso fue exactamente lo que me ocurrió aquella noche.
No sentí que la montaña me aportara algo nuevo. Sentí que, durante unas horas, me quitaba de encima una carga que llevaba demasiado tiempo sosteniendo sin ser del todo consciente de ella. Es curioso. A veces pensamos que el bienestar consiste en añadir cosas: más descanso, más vacaciones, más técnicas de relajación, más productividad bien organizada, más hábitos saludables… Yo cada vez sospecho más que, al menos en mi caso, el bienestar tiene mucho más que ver con quitar que con añadir.
Quitar ruido. Quitar prisa. Quitar exigencias. Quitar conversaciones que no necesito mantener. Quitar estímulos que mi sistema nervioso lleva demasiado tiempo intentando ordenar.
Y cuando consigo quitar algunas de esas cosas, aunque sea durante una noche, ocurre algo: vuelvo a encontrarme.
No porque aparezca una versión mejor de mí. Esa idea tampoco me convence demasiado. No creo que exista un «yo auténtico» escondido esperando a salir. Creo, más bien, que cuando el sistema nervioso deja de invertir tanta energía en sobrevivir, simplemente queda espacio para ser y estar. Sin más.
Y quizá eso sea descansar.
Descansar quizá consista en permitir que el cerebro deje, aunque solo sea por un rato, de intentar protegernos continuamente de un mundo que lleva demasiado tiempo hablando demasiado alto.
Cuando amaneció recogimos el vivac, guardamos el saco de dormir y comenzamos a caminar. La ciudad seguía allí abajo. Los coches, las sirenas, los semáforos, las conversaciones y todo ese ruido que forma parte de nuestra vida no habían desaparecido. Yo tampoco había cambiado. Seguía siendo la misma persona que había subido el día anterior.
Pero había una diferencia.
Ahora recordaba cómo se sentía mi sistema nervioso cuando no tenía que luchar constantemente contra el entorno.
Y ese recuerdo, al menos para mí, vale mucho más que cualquier fotografía.
Porque las fotografías muestran el paisaje.
Pero no siempre consiguen enseñar el lugar al que uno regresa por dentro.
Estupendo artículo, Nieves.
Me siento muy identificada, yo también «me defiendo» del ruido, de las luces, de los grupos, de la falta de educación…
Creo que la gente no es consciente porque su cerebro es distinto al nuestro y les protege de alguna manera, hace como un filtro. Los autistas no tenemos filtro, estamos a la intemperie. Yo siento que casi todo me molesta, y reacciono, intento solucionarlo (que me cambien las luces del trabajo, que bajen la música en el bar, que suban la temperatura en el hospital el otro día con mi madre…) o me voy. He llegado a cambiarme de butaca en el cine varias veces porque la gente hablaba o comía palomitas, o de mesa en una terraza porque alguien fumaba y me venía el humo o porque había una familia ruidosa… Mi hijo flipa con estos cambios pero ya no me importa, le digo que soy autista y que necesito estar a gusto.
Es verdad que a la gente no le gusta el silencio, a mí me encanta, no necesito poner música todo el rato (aunque me gusta la música en ocasiones), ni la radio, ni la tele.
Comprendo tu sensación de paz, de falta de ruido, en la montaña. A mí también me encanta la naturaleza pero me cuesta ir sola y cuando he ido en grupo la gente no calla, va hablando todo el rato y me estropea la experiencia. Pero estuve en el desierto del Sáhara, al sur de Argelia, caminando por las dunas descalza, durmiendo en el suelo en una colchoneta bajo el cielo estrellado y sentí esa sensación de inmensidad, de silencio (no había cobertura, por lo que no había móviles, ni teléfono, ni música, ni tele… ni siquiera el sonido de los pájaros porque no había animales…). Para mí fue mágico, recuerdo esa experiencia muchas veces.
También me gusta mucho nadar porque con los tapones puestos y las gafas estoy aislada del exterior, siento mi cuerpo en contacto con el agua y escucho mi respiración.
Un abrazo.