¿Es necesario socializar para tener una vida rica? Reflexiones desde el autismo

Somos seres sociales. Eso no lo vamos a negar jamás. En nuestra sociedad, la idea de que la vida social es sinónimo de vida plena está profundamente arraigada. Desde pequeños se nos repite que debemos hacer amigos, asistir a fiestas, integrarnos en grupos y mantener relaciones sociales activas. Para muchas personas neurotípicas, esta premisa tiene sentido: socializar aporta beneficios claros en términos de apoyo emocional, autoestima y bienestar psicológico. Sin embargo, como persona autista, no tengo tan claro que socializar sea un requisito indispensable para tener una vida rica y significativa.

Cuando era pequeña me decían que era MUY TÍMIDA, así con mayúsculas. Uno de mis diagnósticos clínicos en la adolescencia fue “fobia social”. Ese diagnóstico me lo dio una psiquiatra cuando tenía 17 años. En el momento de escribir este post tengo 46 años. Así que ya hace mucho de aquello. Aquella fobia social fue superada, pues tras una intensa y larga terapia, aprendí a perder parte del miedo a relacionarme con todo tipo de personas. Mi trabajo de atención al público en Población me ayudó mucho a ello. Pero, aunque la psiquiatra me dio el alta de mi fobia social, algo en mí seguía sin encajar en el mundo social.

Cuando salía con alguna amiga de bares, me sentía incómoda. No entendía esa manera de divertirse que tenían otras personas de mi edad. Pero, como la psiquiatra ya me había dado el alta y ahora podía soportar estar en los bares, pues… ¿qué hacía yo allí? Intentar averiguar cómo y por qué a la gente se le veía contenta rodeada de ruido, bebiendo sangría y diciendo estupideces sin ninguna trascendencia ni sentido para mí. Me aburría, me abrumaba, me agotaba… me resultaba desagradable esa manera de intentar divertirme. Dejé de salir porque no tenía ningún sentido que me generara tanto malestar hacer algo que se suponía que debía hacer por placer.

Y así con otras cosas que también implicaban necesariamente socializar de la manera más “normativa”. Ir a eventos como bodas, cumpleaños, comidas de trabajo… evitaba todo eso. Y lo sigo evitando salvo casos muy puntuales. Y lo seguiré evitando. Porque me agota y casi me enferma.

La experiencia autista con la socialización suele ser muy diferente a la normotípica. Mientras que las personas neurotípicas pueden encontrar en la interacción social una fuente de energía y motivación, para muchas personas autistas socializar implica un esfuerzo cognitivo y emocional enorme, que a menudo se traduce en agotamiento. Ese cansancio no siempre se comprende desde fuera, porque no se trata únicamente de estar físicamente presentes en una reunión, sino del desgaste que supone interpretar señales sociales, anticipar reacciones, soportar el ruido, sobrecarga sensorial, modular el propio comportamiento y, muchas veces, “simular” emociones que no se sienten de manera natural. Se puede llegar a generar mucho estrés, ansiedad o incluso shutdown.

Para mí, socializar a veces se siente como escalar una montaña empinada: requiere concentración constante, esfuerzo sostenido y, al final, deja un agotamiento profundo que puede durar horas o incluso días. Este cansancio cognitivo y emocional es real, y no siempre se compensa con las ventajas que la sociedad asocia automáticamente con la interacción social. Por eso, aunque reconozco que tener algunas relaciones significativas puede enriquecer la vida, no estoy convencida de que la socialización intensa o frecuente sea necesaria para vivir plenamente. Al menos NO en mi caso. Muchas veces comento a mis compañeros de trabajo eso de: me canso más socializando que subiendo cimas.

Tengo, afortunadamente, un amigo de la infancia que también disfruta de la soledad y no le gusta socializar más de lo estrictamente necesario. Compartir esta afinidad nos permite tener una relación sana y sincera sin que ello suponga un esfuerzo abrumador. Es una suerte inmensa, porque me ofrece compañía auténtica sin el coste emocional de la socialización convencional.

Este pin de batería social me lo regaló mi amigo de la infancia, se compró otro para él.

No obstante, esto no significa que las personas autistas no puedan disfrutar de las relaciones interpersonales. Simplemente, la manera en que buscamos y disfrutamos de la interacción suele diferir de la de las personas neurotípicas.

De hecho, existen diferentes formas de socializar para las personas autistas. Algunas prefieren interacciones uno a uno o en pequeños grupos reducidos, donde la comunicación puede ser más directa y menos caótica. Otras disfrutan de socializar a través de actividades compartidas, como videojuegos, lectura, arte o proyectos conjuntos, en los que la conexión no depende de conversaciones constantes o del intercambio de emociones de manera inmediata. También hay quienes encuentran valor en la comunicación en línea, donde pueden procesar la información a su propio ritmo y responder sin la presión de la interacción cara a cara. Estas modalidades permiten que la socialización sea significativa y enriquecedora, pero sin el coste abrumador que puede implicar la interacción social convencional.

Desde esta perspectiva, la pregunta clave no es si las personas autistas deben socializar para tener una vida rica, sino cómo podemos definir “vida rica”. Para mí, la riqueza de la vida no se mide solo por la cantidad de relaciones o la frecuencia con que se socializa, sino por la profundidad, la autenticidad y la capacidad de disfrutar de actividades significativas, sean solitarias o compartidas. Leer, crear, aprender, reflexionar, explorar la naturaleza o disfrutar de un hobby apasionante son experiencias que nutren la vida de manera profunda, incluso sin una interacción social constante.

Reconocer que la socialización puede ser opcional, y no obligatoria, también nos permite liberar una gran presión interna y social. Vivimos en una cultura que glorifica la extraversión y la vida social activa, y quienes no encajamos en ese molde podemos sentirnos constantemente “anómalos” o inadecuados. Aceptar que existen otras formas válidas de vivir y de conectar con el mundo—y que no necesitamos medir nuestro valor por nuestra capacidad de socializar—es un acto de autocompasión y de autenticidad.

Esto no significa que las relaciones humanas carezcan de importancia para las personas autistas. Simplemente, la forma en que se construyen y se disfrutan puede ser diferente, más selectiva y adaptada a nuestras necesidades sensoriales y cognitivas. Tener uno o dos amigos auténticos, con quienes compartir intereses y experiencias de manera cómoda, puede aportar tanta riqueza como una amplia red social. La clave está en la calidad y en la reciprocidad de la relación, no en la cantidad de interacciones.

Otro aspecto interesante es que la socialización puede tener ventajas distintas según el contexto. En entornos laborales, académicos o familiares, ciertas habilidades sociales pueden facilitar la cooperación y la resolución de conflictos. Sin embargo, estas competencias no necesariamente requieren socialización frecuente: se trata más de poder comunicarse de manera efectiva cuando es necesario, no de estar permanentemente inmersos en interacciones sociales.

Al final, vivir plenamente no tiene que ver con la cantidad de conversaciones, fiestas o reuniones a las que asistimos, sino con la calidad de nuestras experiencias, el cuidado de nuestra energía y la autenticidad de nuestras relaciones. Y eso, para mí y para muchas personas autistas, es necesario para considerar nuestra vida rica y significativa.

Mis libros

Nieves Casanova. Autora y exploradora de la mente🧠Psicología y textos para quienes sienten y piensan distinto👣

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