Hay trabajos que desde fuera parecen sencillos porque nadie ve lo que ocurre dentro de la cabeza de la persona que los hace.
Trabajar durante horas en una oficina municipal de atención al público puede parecer simplemente estar sentada delante de un ordenador atendiendo a personas, haciendo trámites, contestando preguntas y resolviendo problemas, pero cuando eres una persona autista y pasas una jornada entera expuesta a decenas de personas entrando y saliendo, voces que llegan desde distintos puntos de la sala, teléfonos que suenan, impresoras que escupen papeles, conversaciones cruzadas, puertas que se abren y se cierran, gente que espera, gente que tiene prisa, gente que está enfadada, gente que no entiende lo que tiene que hacer, gente que te pregunta una cosa mientras todavía estás terminando de procesar la anterior y alguien detrás ya está esperando su turno, el trabajo deja de ser simplemente un trabajo de atención al público y empieza a convertirse en una especie de prueba de resistencia neuronal que dura toda la jornada.
Porque no solamente tienes que atender.
Tienes que escuchar, comprender, seleccionar la información importante, ignorar los sonidos que no necesitas, mantener la atención, recordar procedimientos, buscar datos, responder correctamente, cambiar de una persona a otra, interpretar lo que quiere aunque no sepa explicarlo, gestionar sus emociones, controlar las tuyas, mantener una determinada expresión facial, adaptar tu comunicación, tomar decisiones y volver a empezar con la siguiente persona cuando tu cerebro todavía no ha terminado de cerrar la anterior. Y todo eso ocurre mientras el ruido sigue ahí.
No hay silencio entre una persona y otra. No hay un pequeño espacio en el que el cerebro pueda decir «espera, déjame ordenar esto».
Cuando termina una conversación ya está sonando un teléfono, alguien está hablando detrás de ti, una impresora empieza a trabajar y entra otra persona con un problema completamente diferente, así que el cerebro va acumulando información como quien mete ropa mojada en una maleta y sigue apretando porque todavía queda jornada hasta que llega un momento en que ya no cabe más.
Y entonces aparecen los colapsos, la fatiga cognitiva, la irritabilidad, la necesidad urgente de silencio, la dificultad para hablar, para pensar, para tomar decisiones sencillas, para seguir procesando información, para volver a casa y comportarte como si después del trabajo todavía te quedara una persona funcional disponible para hacer la compra, cocinar, hablar con alguien, contestar mensajes o simplemente existir.
Pero desde fuera has estado siete horas sentada.
Qué maravilla la capacidad humana para calcular el esfuerzo exclusivamente en función del movimiento de las piernas.
El problema es que el cerebro también trabaja cuando estás sentada.
Y algunas personas necesitamos después varias horas, o incluso días, para recuperarnos de una jornada que desde fuera parecía completamente normal.
No es solamente cansancio.
Es haber pasado horas intentando procesar un entorno que no deja de entrar por los ojos, por los oídos, por la atención y por la interacción social, mientras una parte de ti sigue intentando mantener el funcionamiento esperado hasta que llega un momento en que el sistema dice que hasta aquí.
Y entonces descubres que tal vez no estabas exagerando, sino que llevabas todo el día intentando funcionar en un entorno que para tu sistema nervioso era una sobrecarga continua.
Y cuando finalmente llegas a casa y necesitas silencio, oscuridad, cama y que nadie te pregunte absolutamente nada, no estás siendo antisocial.
Estás intentando volver a encontrarte después de haber pasado ocho horas desapareciendo entre el ruido. Y al final llegan los colapsos, el burnout y otras cosas demasiado heavys para contar por aquí.
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