Podría decir que el Camino de Santiago fue un contexto que me ayudó a consolidar una actitud mindfulness en momentos críticos.

En el primer camino, el Primitivo, nos hizo buen tiempo hasta llegar a Negreira… la etapa Negreira-Olveiroa de mi primer camino es una de esas que recordaré siempre. Diluviaba, nos perdimos por la niebla. No iba sola, había hecho amigos en el Camino. Íbamos unos cuantos. Yo había caminado alguna vez con lluvia, pero no de esa forma.

Cuando, de buena mañana, vi que todos los peregrinos se calzaban sus zapatillas y se ponían su chubasquero o poncho y salían a caminar como si no pasara nada, pensé que eran todos una panda de locos. Yo estaba ahí con cara de: “¿pero qué hacéis? ¿no veis como llueve?” Nadie me hacía caso, todos salían a caminar. Simplemente los seguí nada convencida y con una sensación extraña dentro de mi pensando: “¿pero qué haces Nieves? Déjalos que anden, son todos como borregos. Sale uno y el resto van detrás… y tú otra borrega más por seguirlos… ¡quédate en el albergue!” Eso es lo que pensaba mi vocecita interior mientras salía del albergue.

En el camino de Santiago solemos tener una actitud mindfulness: estamos viviendo el aquí y el ahora.

En ese camino, el primero, sí que llevaba a parte de las chanclas, unas zapatillas con goretex. Una vez y no más. Ahí aprendí que el goretex no vale de nada cuando estás 12 horas caminando bajo la lluvia intensa. A mitad de etapa me puse las chanclas y caminé con ellas. El pie ya estaba empapado y seguía lloviendo, así que daba igual. Nunca más volví a utilizar  zapatillas con goretex. Buen aprendizaje para un primer camino.

Bien. Pues seguía caminando dirección Olveiroa, todos seguíamos. Pero yo me sentía como siguiendo a un rebaño de ovejas sin criterio ninguno. No aceptaba caminar bajo la lluvia, no aceptaba mojarme sin sentido. No aceptaba lo que estaba haciendo y aún así… seguía caminando. Y juzgaba también a los demás por hacerlo. En algún momento lo manifesté en voz alta, enfadada conmigo misma y transmitiendo ese enfado a mi entorno. Y un compañero me dijo: “si superas esto, lo superarás todo”. Y yo pensé: “sí, claro. Estáis todos un poquito desequilibrados”. Y seguí caminando.

En algún momento, no recuerdo cuándo, poco a poco me fui haciendo a la lluvia, me fui acostumbrando a estar empapada. En algún momento acepté que estaba allí, caminando sin saber por qué bajo una intensa lluvia, siguiendo unas flechas amarillas que en algún momento dejamos de ver porque nos perdimos. Pero ya no me importaba. La lluvia ya no mojaba. Y dejé de juzgarme a mí y a mis compañeros.

Fue un proceso de cambio interno, de aceptación: una de las bases de mindfulness. La aceptación en positivo. De repente descubrí que caminar bajo la lluvia y aceptarlo era maravilloso. Descubrí que la lluvia ya no molestaba a pesar de estar completamente empapada (el poncho tampoco me sirvió demasiado: porque me agobiaba y me daba calor y me hacía sudar. Y terminé abriéndome la cremallera y dejando que la lluvia me empapara entera). Es más, descubrí que la lluvia era pura vida, que refrescaba y que me hacía sentir bien. La adaptación al medio nos permite sobrevivir a él. Puedo decir que en ese primer camino, este fue un gran aporte para mi autoconocimiento: caminoterapia en estado puro.

En otro camino, el Camino Olvidado, con la atención plena pude bajar sin dificultades al Faedo de Ciñera sin acordarme de mi vértigo; en el Camino de Madrid, gracias a la meditación conseguí llegar al albergue. Si os apetece leer la experiencia este es el enlace: El Camino de la Humildad. Camino de Santiago de Madrid.

En muchas otras etapas, de muchos otros caminos, en momentos determinados, la aceptación y vivir con plena conciencia el momento presente han sido vitales para poder continuar, para superar el vértigo o el miedo.

El Camino es un contexto ideal para practicar mindfulness, nos invita a ello. Nos invita a vivir con plena conciencia casi cada paso que damos, cada situación nueva. Cuando hay que pasar por caminos inundados, por ejemplo, tenemos que fijarnos muy bien dónde pisar, dónde poner el pie para no caernos. Eso es atención plena, eso es concentración.

Caminando con actitud abierta contribuimos a nuestra flexibilidad psicológica

Es fácil practicar meditación cuando estamos habituad@s a ello en un contexto de tranquilidad y silencio, sentados en casa, en nuestra habitación preferida, sin obstáculos… cerrando los ojos y poniendo atención a la respiración. Pero hacerlo caminando, en un contexto que a  priori puede parecer no tan cómodo es una experiencia única. Y muy recomendable.