Hay momentos en los que una persona está físicamente en un lugar, pero siente que no está del todo allí.
Está hablando con alguien, trabajando o caminando por la calle, pero el entorno parece extraño o lejano. Puede sentir que funciona «en automático», que está desconectada de su cuerpo o de sus emociones, o incluso que se observa a sí misma desde fuera.
A veces lo llamamos simplemente «estar en las nubes». Pero cuando estas experiencias implican una alteración significativa en la manera de percibirse a uno mismo, al cuerpo o al entorno, podemos estar hablando de disociación.
La disociación puede aparecer en personas autistas, también en adultos, pero no es un rasgo diagnóstico del autismo ni todas las personas autistas la experimentan. La relación entre ambos fenómenos es compleja y puede estar influida por diferentes factores.
¿Qué es la disociación?
Podemos entender la disociación como una alteración temporal en la integración de diferentes aspectos de nuestra experiencia: pensamientos, emociones, sensaciones corporales, recuerdos, percepción del entorno y sensación de identidad.
Normalmente todas estas piezas funcionan de manera bastante coordinada. Durante una experiencia disociativa pueden sentirse separadas o extrañamente desconectadas.
Dos experiencias frecuentes son la despersonalización y la desrealización.
La despersonalización consiste en sentir extrañeza o distancia respecto a uno mismo. Por ejemplo, tener la sensación de estar funcionando en automático o de encontrarse alejada del propio cuerpo.
La desrealización se refiere a una sensación de extrañeza respecto al entorno. El mundo puede parecer artificial, lejano, plano o irreal.
Es importante señalar que sentir irrealidad no significa necesariamente perder el contacto con la realidad. Una persona puede saber perfectamente que el mundo es real y, al mismo tiempo, experimentar subjetivamente una sensación de irrealidad.
¿Qué relación puede existir entre disociación y autismo?
El autismo no provoca automáticamente disociación. Sin embargo, algunas experiencias que pueden aparecer con mayor frecuencia en personas autistas pueden interactuar con los mecanismos relacionados con el estrés y favorecer, en determinadas circunstancias, experiencias de desconexión.
Uno de ellos es la sobrecarga sensorial.
Para algunas personas autistas, determinados sonidos, luces, olores, texturas o movimientos pueden resultar extremadamente intensos. Además, una situación aparentemente sencilla puede implicar una enorme cantidad de información que procesar simultáneamente.
Imaginemos una cafetería: conversaciones, música, platos, olores, luces, personas moviéndose y, al mismo tiempo, intentar seguir una conversación, interpretar expresiones faciales y responder adecuadamente.
Cuando la cantidad de información y demandas supera los recursos disponibles, puede aparecer una respuesta de sobrecarga.
En algunas personas esto puede acompañarse de bloqueo, retirada, dificultad para hablar o pensar, sensación de desconexión o experiencias que pueden tener componentes disociativos.
Pero shutdown y disociación no son exactamente lo mismo.
El papel del sistema nervioso
Cuando nuestro cerebro interpreta que una situación exige demasiados recursos, se producen cambios en diferentes sistemas relacionados con la atención, la emoción y la regulación fisiológica.
La respuesta de estrés implica al sistema nervioso autónomo y a diferentes circuitos cerebrales implicados en la detección de amenazas, la regulación emocional y la atención.
Durante una situación de estrés intenso podemos experimentar desde una activación muy elevada —ansiedad, tensión, aceleración cardíaca— hasta estados de bloqueo y desconexión.
Sin embargo, sería demasiado simplista decir que la disociación consiste simplemente en que «el sistema nervioso se apaga» o que es siempre una respuesta del nervio vago.
La fisiología de la disociación es más compleja y no existe un único patrón corporal que permita identificarla.
A nivel cerebral tampoco interviene una única zona. Las experiencias disociativas parecen relacionarse con cambios en la interacción entre diferentes redes implicadas en la conciencia de uno mismo, la percepción, la atención, la memoria y la regulación emocional.
En otras palabras: no se trata simplemente de que el cerebro deje de funcionar, sino de que la experiencia deja de integrarse de la manera habitual.
Interocepción: cuando cuesta notar lo que ocurre dentro del cuerpo
La interocepción es nuestra capacidad para percibir e interpretar las señales internas del organismo: hambre, sed, temperatura, dolor, tensión muscular, respiración, latidos y otras sensaciones corporales.
También interviene en la percepción de los cambios físicos asociados a las emociones.
En algunas personas autistas existen diferencias en la forma de percibir o interpretar estas señales. Esto no significa que todas las personas autistas tengan dificultades interoceptivas, porque los perfiles son muy diferentes.
¿Por qué puede ser importante?
Porque nuestro cuerpo suele avisarnos antes de que lleguemos al límite.
Quizá aumenta la tensión muscular. Nos duele la cabeza. El ruido empieza a resultar insoportable. Nos cuesta encontrar palabras. Respiramos de otra manera. Estamos irritables o agotados.
Si no identificamos esas señales, podemos continuar funcionando mucho después de haber superado nuestro nivel de tolerancia.
Hasta que el cuerpo dice basta.
Camuflaje, esfuerzo social y desconexión
En los adultos autistas hay otro factor que merece atención: el camuflaje social o masking.
Camuflarse puede implicar aprender a controlar movimientos, expresiones, tono de voz, contacto visual o respuestas sociales para adaptarse a las expectativas del entorno.
No hay nada necesariamente problemático en utilizar estrategias sociales. El problema aparece cuando la adaptación exige una vigilancia constante y un esfuerzo enorme.
Después de muchas horas intentando interpretar las reglas sociales, controlar nuestras respuestas y ocultar aquello que hacemos de manera espontánea, podemos terminar completamente agotados.
En algunas personas puede aparecer entonces una sensación de desconexión emocional o corporal.
De nuevo, esto no significa que toda persona que camufla esté disociándose. Agotamiento, shutdown, burnout y disociación son fenómenos diferentes, aunque en determinados momentos puedan coexistir.
¿Y el trauma?
Cuando hablamos de disociación tampoco podemos olvidar el trauma.
La disociación está estrechamente relacionada con determinados mecanismos de respuesta frente a situaciones vividas como amenazantes o abrumadoras.
Algunas personas autistas pueden haber experimentado a lo largo de su vida rechazo, acoso, aislamiento, violencia, relaciones abusivas, discriminación o una necesidad constante de adaptarse a un entorno que no comprende sus necesidades.
Esto no significa que ser autista implique haber sufrido trauma.
Pero sí significa que, cuando aparece disociación en una persona autista, no deberíamos atribuir automáticamente todo al autismo.
Hay que explorar también ansiedad, depresión, experiencias traumáticas, sueño, medicación, consumo de sustancias y otras circunstancias que pueden producir síntomas parecidos.
Disociación, shutdown y burnout autista no son lo mismo
Esta diferenciación es especialmente importante.
El shutdown suele aparecer como una respuesta de bloqueo o retirada ante una sobrecarga. Puede resultar difícil hablar, pensar, tomar decisiones o responder a los estímulos.
El burnout autista implica un estado de agotamiento intenso asociado a una acumulación prolongada de demandas, estrés y falta de adaptación a las necesidades de la persona.
La disociación, en cambio, implica una alteración en la integración de la experiencia: podemos sentirnos desconectados de nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestros recuerdos, de nosotros mismos o del entorno.
Una persona puede experimentar shutdown sin disociarse.
Puede experimentar disociación sin ser autista.
Puede tener burnout sin disociación.
Y también pueden aparecer juntos.
Por eso, cuando alguien dice «me desconecto», es importante preguntar qué significa exactamente esa desconexión.
¿Cómo puede sentirse la disociación en un adulto autista?
No existe una experiencia universal, pero algunas personas pueden describirla así:
«Estoy aquí, pero siento que estoy muy lejos».
«Todo parece una película».
«Estoy funcionando, pero no estoy realmente presente».
«No noto mi cuerpo».
«Sé lo que está pasando, pero siento que no me está pasando a mí».
«El mundo parece extraño aunque sé que es real».
«Después de una situación social intensa necesito desaparecer durante un rato».
Estas experiencias merecen ser escuchadas sin convertirlas inmediatamente en un diagnóstico.
Escuchar antes de llegar al límite
Quizá una de las cosas más útiles sea aprender a reconocer nuestras señales tempranas de sobrecarga.
No cuando ya estamos completamente saturados.
Antes.
Aprender qué ocurre en nuestro cuerpo cuando empezamos a acercarnos al límite puede ayudarnos a reducir demandas antes de que sea necesario llegar al bloqueo o a la desconexión.
A veces necesitamos silencio.
O estar solos.
Reducir estímulos.
Descansar.
Salir de una situación.
Dejar de hablar.
Dormir.
Recuperar poco a poco la sensación de seguridad y conexión con el cuerpo.
Y esto no debería entenderse como aprender a «aguantar mejor».
A veces significa precisamente dejar de exigirnos que aguantemos tanto.
No todo está «en tu cabeza»
Cuando hablamos de disociación y autismo existe el riesgo de convertir cualquier dificultad en un problema exclusivamente individual.
Si una persona lleva años soportando sobrecarga sensorial, intentando descifrar constantemente las normas sociales, camuflando sus características y viviendo con un nivel elevado de exigencia, quizá no deberíamos preguntarnos solamente:
«¿Cómo podemos conseguir que tolere mejor todo esto?»
También deberíamos preguntarnos:
«¿Por qué tiene que tolerar tanto?»
Comprender los mecanismos psicológicos, fisiológicos y neurológicos de la disociación puede ayudarnos a entender qué está ocurriendo.
Pero también necesitamos mirar el contexto.
Porque a veces el problema no es que una persona autista no sepa estar presente.
A veces lleva demasiado tiempo intentando funcionar en lugares en los que estar presente resulta agotador.
Y quizá una parte importante de comprender la disociación sea precisamente esta: no se trata únicamente de entender por qué una persona se desconecta, sino de preguntarnos qué está ocurriendo en su vida antes de que necesite hacerlo.
(Imagen de cabecera de IA)
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