El arte de detenerse. Mindfulness es detenerse. Mindfulness es observar con ojos de principiante.

He salido esta mañana a dar un paseo con intención de prestar atención plena a todo aquello que me apeteciese. Me he ido a un parque urbano de la ciudad. A los Jardines del Real.

Se nota el frescor de la hierba, se respira un aire limpio y fresco de la mañana. Ya hay algo de movimiento. Algunas personas pasean a sus perros, otros andan de paso y otros paseamos sin aparente destino. No hay aglomeración ninguna. Es un parque tranquilo.

Paseo y miro… miro y paseo… y escucho y huelo. Algo me llama la atención… hay un gato mimetizado en el tronco de un árbol. Está ahí, quieto… con los ojos casi cerrados… aunque estoy lejos se da cuenta de mi presencia… me mira un poco, pero sigue ahí. Le hago una foto con el zoom. Me quedo mirándolo sin acercarme.

El gato está ahí, sabe que estoy, pero sigue quieto. Obviamente no se siente amenazado porque  si no, saldría corriendo. Me maravillo de esa atención total de los gatos y de esa quietud física tan impresionante que pueden adoptar. Vuelve a cerrar los ojos, lo observo un poco más y me marcho en silencio.

Sigo andando… y me encuentro el ficus enorme que he visto cientos de veces cuando he pasado por ahí  (ficus macrophylla)   y muchas veces me paro a mirarlo. Pero hoy además de pararme a mirarlo, me he detenido.

Detenerse es estar en el aquí y ahora, observando y percibiendo todo  con detalle. Sus raíces aéreas me fascinan. Veo que bajan hacia el suelo desde las ramas, ¡cómo se trenzan entre ellas, cómo se estrangulan! Son como cascadas.

Veo la diferente tonalidad de colores marrones, incluso anaranjados o amarillos. Y la textura… me parece un universo fascinante todo lo que ese árbol muestra a la vista. Todo lo que alcanzo a ver desde mi tamaño diminuto a su lado. Le voy dando la vuelta lentamente, fijándome en cada detalle. Hago alguna foto. De repente me doy cuenta de que he perdido la noción del tiempo ensimismada en su tronco y en sus raíces. Miro hacia arriba y también es fascinante, increíble, inmenso.

En estos días pasados de confinamiento y ahora que ya estamos saliendo algún rato, hemos tenido oportunidad única de poder detenernos. Y digo “oportunidad” y no “obligación”.

Porque muchas personas se paran, pero no se detienen. Y apuesto a que quien no se detiene no es porque no quiera, sino porque no sabe cómo hacerlo. O porque no se lo plantea.

Aprender a detenerse es volver a ser niños. Es mirar con mente de principiante. Como si tuviéramos un mundo a nuestro alrededor para descubrir. Es un mundo cambiante al que estamos tan acostumbrados que no le prestamos atención porque tenemos el piloto automático encendido continuamente. Tenemos el mundo interiorizado a nuestra manera, y lo vemos a través de nuestros filtros aprendidos.

Detenerse es ser capaz de darse cuenta de esos filtros. De quitarlos un momento y de mirar el mundo con ojos de niño.

Seguro que te has parado muchas veces. ¿Te has detenido alguna vez? Si lo has hecho, me alegro muchísimo. Este mundo necesita personas que se detengan a observarlo sin ser juzgado.

Detenerse y observar sin juzgar es mindfulness.

Si nunca te has detenido,  detenerse  es tan fácil como dejarse llevar. Fluir… dejar aparcados los filtros un momento y mirar lo que hace un gato o mirar las raíces de un árbol como si fuera la primera vez que lo haces.

Solo prestar atención. Sin resistencia. Sin influencias.

¿Qué ocurre a veces? Que llegan esos pensamientos de: “si me quedo aquí mirando un árbol un rato van a pensar que estoy loca”, o bien “¿qué hago yo aquí mirando un árbol?”

Sí, yo también tuve esos pensamientos alguna vez… hasta que fui sincera conmigo: si quiero ver realmente esas raíces, solo puedo hacerlo si me detengo. Si me detengo estoy en paz. No importa lo que piensen los demás. Tal vez ni siquiera piensan algo si me ven. Tal vez ni siquiera me ven… pero da igual; todo eso no importa.

 Importa que si me detengo a mirar unas raíces me siento satisfecha de lo que veo y de lo que aprendo. Importa que no me importa (valga la redundancia) si alguien se fija en lo que estoy haciendo o no. Si alguien opina o deja de opinar, eso da igual.

Los seres humanos tenemos miles de pensamientos al día, casi todos automáticos. No elegimos en qué vamos a pensar, simplemente los pensamientos aparecen, se mueven, desaparecen y aparecen otros… si nos quedamos aferrados a esos pensamientos es cuando vienen los problemas.

En realidad muchas veces creemos que el resto del mundo está pendiente de lo que hacemos o dejamos de hacer, pero tal vez eso no es así. Porque cada persona está con sus cosas, con sus mundos internos y no se fija en los mundos de otros. Y si se fija, ¡pues genial!

Así que tranquilos… si os apetece deteneros, no dejéis de hacerlo por lo que otros puedan pensar.

Y si queréis deteneros y no sabéis cómo, en realidad lo podéis hacer ahora mismo: es tan fácil como quedarse en casa o ir a un parque o ir a caminar, ir a mirar el mar… o simplemente detenerse aquí y ahora, quitarse los filtros… y entonces observar.

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