Me encanta leer en internet los diferentes protocolos que utilizan los peregrinos para cuidar sus pies durante el camino. O para prevenir ampollas. Y la cantidad de post que hay al respecto en miles de blogs. Hay peregrinos que le rezan a la vaselina por las noches, otros aman los polvos para evitar el sudor y la humedad, de esta manera mantener el pie seco y evitar que salgan ampollas.

Otros se llevan un montón de pares de calcetines para lavarse los pies a mitad etapa y ponerse calcetín limpio y seco. Otros utilizan cierto calzado o calcetines sin costuras antiampollas. Otros al llegar al albergue se dan baños en los pies de agua y sal. Otros se ponen crema hidratante después de la ducha.

Un remedio universal

Tampoco hay un remedio universal con esto porque cada peregrino que ya ha hecho algún camino, se conoce bien y sabe qué quieren sus pies. Pero para los que aún no han hecho ningún camino y no están acostumbrados a caminar, es un tema que suscita muchas dudas y con razón. Los pies son nuestro mejor instrumento. Hay que cuidarlos. Consejos os podemos dar muchos, pero es lo mismo que aconsejar para el calzado, cada uno tenemos nuestros trucos y nos va bien una cosa.

Yo, sobre los pies, aposté hace años por fortalecerlos: mantenerlos flexibles y fuertes para poder así resistir torceduras y evitar ampollas. Y creo que de verdad, fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida. No por nada, sino porque me encanta caminar. Y unos pies y tobillos débiles y sensibles irían en mi contra. Es verdad que antes de mi primer camino de Santiago yo ya había caminado muchísimo. Y también es verdad que antes de optar por el minimalismo, también había caminado muchísimo descalza por la playa (nacer en el Mediterráneo es lo que tiene).

Minimalismo

Hace unos 6 años, opté por el minimalismo. Decidí ir probando sensaciones de caminar descalza, muy despacio por diferentes terrenos. Opté por descalzarme para hacer taichí sobre la hierba o sobre la tierra. Por hacerme algunos tramos de algunas rutas fáciles por los pastos descalza, mirando por donde pisaba. Algún cachito en Pirineos también. Y también recuerdo haberme descalzado un rato en el parque de Peñalara (recuerdo también las cacas de vaca… podría describir la sensación de pisar alguna, es un problema que se confundan con el barro. A mi no me importa pisar el barro, pero…  no doy detalles, que de momento no es un blog escatológico).

Después opté por comprar calzado minimalista para caminar habitualmente (las chanclas que saco en los vídeos). También hice algunas carreras con ellas o salía a entrenar suavemente y disfrutando de las sensaciones de recuperar rápidamente  esos dolorcillos que se producen en los corredores novatos. Me di cuenta que caminando y corriendo minimalista, me recuperaba antes de la fatiga corporal y de las tensiones.

Me di cuenta que según iba caminando minimalista, mis pies cada vez eran más fuertes y flexibles y soportaban mejor bajas temperaturas (y altas) y la piel se hacía un poco más dura y resistente. Es cierto que al  correr descalzo o minimalista, el impacto de la pisada cambia, pero escuchando al cuerpo se hace de forma instintiva. Después en los caminos de Santiago u otras rutas, decidí que cuando el camino estaba inundado se podía pasar igualmente mojándome el calzado o pasando descalza. Eso sí, mis pies descalzos no están a la altura las frías aguas de León en invierno ¡qué barbaridad de frío!

Poco a poco mis pies se fueron haciendo “todoterreno”

Creo que quienes nos hemos pasado al minimalismo en el calzado y en la vida, nos hemos liberado de muchas ataduras físicas y mentales. Aunque si nos ponemos a pensar, en realidad nacemos descalzos. Mucha gente en el planeta camina descalza siempre. El calzado se inventó para proteger al pie del frío (igual que la ropa). Después ya vinieron otras historias (que si amortiguación, que si supinador o pronador, que si las plantillas mágicas, que si tal o pascual. Por no nombrar otra vez al goretex… opino que si el pie se moja, no me importa. Ya se secará. No es el fin del mundo) Y esas historias inventadas, a algunos les hicieron creer que todos esos inventos, eran lo mejor para sus pies.

Pero si retrocedemos un poquito antes de todas esas cosas ¿con qué nos quedamos? Con que somos perfectamente capaces de caminar con unos calcetines o un mínimo de protección en la planta de los pies. O incluso descalzos. Algunos minimalistas van siempre descalzos, en ciudad y en montaña y son superfelices. Leonardo Da Vinci dijo “El pie es una pieza maestra de ingeniería y una obra de arte” y tenía razón. Os invito a que os quitéis el calzado de vez en cuando  y percibáis esas sensaciones de caminar descalzos. ¿Qué temperatura tiene el suelo? ¿qué rugosidad o textura? ¿está duro o blandito? ¿hay muchas piedrecitas o pocas?

El pie es una pieza maestra de ingeniería y una obra de arte

Leonardo Da Vinci

Evitar lesiones

Y sobre las lesiones: cuando uno camina minimalista la percepción cambia. Te fijas donde metes el pie, caminar se convierte en un caminar consciente, prestando atención total a dónde pisas. Sobre todo al principio. Es un ejercicio mental fantástico muy relacionado con la meditación. En todos estos años, nunca he tenido una lesión provocada por el minimalismo excepto un corte en la planta del pie por una caída. En 6 años un corte, me compensa totalmente. Durante el día cotidiano, aunque no vaya de ruta, también camino minimalista, con zapatillas o chanclas sin amortiguación y sin drop o con un drop mínimo (el drop de las zapatillas es la diferencia de altura que hay entre el talón y la puntera)y con suela blandita y muy flexible.

Y ese es mi secreto de no tener ampollas y de tener unos pies fuertes y flexibles que me permiten caminar los kilómetros que sean sin sufrimiento y sin ampollas. El minimalismo tiene sólo una pega: no hay vuelta atrás. Cuando me he puesto las zapatillas normales de trekking todos los días y sin dar descanso al pie, como me pasó en el camino de Madrid, me han provocado dolores o tendinitis. Ahora estoy buscando también zapatillas minimalistas puras para montaña y alta montaña (os recuerdo que ningún camino de Santiago es alta montaña y ningún camino de Santiago tiene tramos tan inaccesibles o técnicos como para no poder hacerlo con calzado minimalista si uno está acostumbrado).

Cuidado habitual de los pies

Y si habéis llegado al final del texto os cuento mi protocolo de cuidado habitual de mis pies: en casa a veces, cuando noto la piel muy seca, me hago masajes con crema antes de dormir (no más de una vez al mes). Aunque os recuerdo que la mejor hidratación viene de dentro: de nuestra alimentación y de lo que bebemos. Las cremas son sólo un complemento que pueden ayudar.

Cuando me toca cortarme las uñas de los pies meto previamente los pies en agua con bicarbonato varios minutos y a veces le añado al agua el zumo de un limón (me deja la piel suave) después me corto las uñas. Me suelo hacer masajes por puro placer habitualmente, sin crema ni nada. Por supuesto a mis pies les regalo lo mejor en calzado del día a día y lo mejor para mi es lo mínimo: lo más ligero, lo que no me aprieta, lo que no tiene amortiguaciones, lo más blandito (pues tampoco soporto ya las suelas duras). Por supuesto nada de tacones ni zapatos cerrados que oprimen el pie. Eso no le gusta a mis pies ni a mi espalda.

Protocolo para los pies en el Camino de Santiago

En el Camino de Santiago mi protocolo para los pies es: si ando con las zapatillas de trekking convencionales,  me pongo las chanclas cuando se me cansan o se me hinchan los pies y sigo caminando como  nueva.  Quienes habéis hecho la etapa de Hospitales en el Camino Primitivo, yo me puse las chanclas enseguida. Mis compañeros de camino me decían: “ya te has puesto los neumáticos todo terreno”. Para que veáis que estando acostumbrada a ellas, son una liberación incluso en rutas más “duras”. Si veo un río y hace calor, meto los pies para refrescármelos. Fin de la historia. Nada más. Al Camino no me llevo cremas, ni vaselina, ni bicarbonato, ni limones. Como los pies ya están fuertes y flexibles, si los mantengo bastante libres y frescos durante el Camino, no sufren.

El paso al minimalismo (fortalecer los pies y conseguir que sean vuestros instrumentos más maravilloso e invencibles) es lento pero placentero. Y sinceramente creo que es la mejor opción a largo plazo para el caminante.