Había estado algunas veces. Siempre noté algo especial en este lugar. Me maravillaba colocarme en su centro. Era como una puerta a otro mundo. A otro lugar. «La puerta a otra realidad, donde empieza el viaje chamánico» , es el título de este artículo, pero hace referencia a un castaño (el de la foto de cabecera) que para mí ya es un símbolo.

Un mes de septiembre conocí a alguien que, estando yo en actitud mindfulness, me hizo sentir cosas extrañas bajo la sombra de sus ramas. Y algo que había estado aletargado muchos años, despertó en mí.

 El bloqueo desapareció. Y a partir de ese día supe que el camino continuaba.

Punto de inicio de la siguiente etapa del resto de mi vida: aquí, en la sombra de las ramas de este castaño centenario. La vida está llena de puntos y seguidos.

Este árbol se convirtió en esa puerta de entrada; entrada a lo imposible.

La puerta a otra realidad, donde comienza el viaje chamánico

Entrada a la magia. A la magia real, sin trucos. Magia con el tambor, magia con la vida. Danzando al compás del viento. Color verde, color ocre, color azul…. Y color tierra. Sonido de cuenco y pájaros. Sonido de respiración y de estrellas. Aleteo de abejas, aroma a trascendencia.

Mi espíritu trasciende las raíces; se arrastra por la tierra, se funde con la piedra, encuentra una cueva y… allí es. Mi espíritu trasciende las ramas; se mimetiza con el viento, sube hasta las nubes y… ahí es. Ahí está.

Allí arriba están mis guías. Abajo, mucho más abajo, caminando por las raíces, encuentro a mi animal. Mundos de arriba y de abajo que no dejan de ser un mismo mundo con diferentes matices.

La interpretación colorida de realidades ocultas al mundo del medio; pero tangibles como aquí, donde se aloja su tronco. Este tronco, el que toco con las manos porque es donde llego, donde habito. Donde habita mi cuerpo y viven mis emociones.

Pero allí, un Universo a todo color, un espectro lumínico infinito, con los colores más intensos que he visto jamás. Un cuadro psicodélico elevado al infinito.

Formas, entidades, nubes de colores, movimiento y quietud a la vez. Intensidades para las que no tenemos palabras. Y más arriba el blanco luminoso y más arriba la ausencia de color.

La ausencia de color es todo. Es la fusión perpetua, la fusión universal de lo que existe y de lo que no existe. El todo y la nada a la vez.

Y abajo, al final de las raíces, un mundo lleno de vida, de aromas, de prados, tierra, agua. Lleno de todo lo vivo con sus almas, con su fuerza.

Con la vitalidad de toda mi esencia, recorro los mayores paisajes jamás imaginados. Las piedras hablan, la hierba viaja, los animales guían.

Y aquí, en el centro, donde estoy ahora, su regazo me acoge para que descanse. Me nutre en este mundo de aquí, el físico. Ese donde si no como me muero, si no me tapo me congelo; donde el sol calienta y quema. Ese donde me zambullo en el mar o dibujo en la arena. O donde toco el cuenco y acaricio las hojas; ese mundo en el que los sentidos tienen protagonismo.

Oído, vista, gusto, olfato, tacto e intuición. A veces fallan, sí. Porque somos humanos. Este mundo del medio donde existen las estaciones y los árboles pasan del verde al ocre. Y se desnudan. Y vuelven a nacer hojas en un ciclo sin fin; hasta que el árbol muere. Este mundo del medio, imperfecto, con la alegría y el dolor como protagonistas de nuestras vidas. Donde existen el nacimiento y la muerte. Donde caminamos con lo que creemos que son rumbos definidos; pero en realidad, a veces, caminamos en círculos.

Y cuando no estoy en medio estoy arriba, o abajo. Explorando, descubriendo; nutriendo mi espíritu con aprendizajes sublimes.

(Fragmento de “Mis Viajes Chamánicos”. Nieves Casanova)

Gracias por leerme. Recuerda que puedes hacer meditaciones variadas en mi canal de youtube

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