He nadado muchas veces en el Mediterráneo. Es el mar más cercano a casa, está calentito y cuando no hay olas es un placer infinito. En el Cantábrico o en el Atlántico he nadado muy poco. Está frío y lleva mucha más fuerza.
Pero cuando me meto en el Mediterráneo (excepto aquellas veces en Tabarca donde no tocaba fondo, pero el mar es tan claro que se veía perfectamente) siempre nado donde hago pie. Sé nadar sin problema. Pero no sé si habrá medusas (me han picado más de una vez) y tampoco sé si el mar llevará alguna corriente invisible por ahí que me pueda hacer pasar un mal rato.
La movida de cuando te pica una medusa es que duele tanto que la inercia es alejarte de allí cuanto antes. La picadura hay que lavarla con agua de mar, pero si se te ha quedado pegado algún tentáculo, hay que quitarlo. Y si se te queda pegado en la espalda es complicado que te lo puedas quitar tú mismo porque no lo ves. ¡Jussss! ¡Duele, duele mucho! Y pienso que si no toco suelo con el pie y me pongo nerviosa o me angustio por el dolor, salir de allí será más angustioso todavía. Eso me pasó una vez, hace ya muchos años, en la playa del Saler. Suelo nadar de espaldas y mi espalda se llevó de regalo una sensación que podría describir como algo así: millones de picaduras de avispas todas a la vez. Pero bueno, no fueron avispas, sino una medusa. ¡Qué dolor más horrible, copón!
En la playa de Meliana también he tenido algún regalito alguna vez. Juas.
Creo que no hay mejor plan para un 15 de agosto caluroso que quedarse en casa. La península está literalmente ardiendo, tristeza y horror infinitos. Y en las zonas donde no hay fuego hay concentraciones de gente y calor en todas partes. En la Malvarrosa también. Pero todavía, en pleno mes de agosto y a primera hora de la mañana, encuentras hueco en la arena para dejar la toalla y bañarte con gusto. Eso sí, a las 10:30 de la mañana ya es hora de volver a casa.
En la Malvarrosa, igual que en muchas playas, hay boyas amarillas delimitando las zonas de baño y las zonas por donde pueden navegar barquitos, motos de agua y otros vehículos. Siempre veía esa boya muy lejana. Pero a aquella distancia hay poca gente nadando: masificación cero. He estado muchas veces pensando en cómo sería llegar nadando a la boya.
Y he estado muchas veces pensando en cómo serían las consecuencias de regresar después a la orilla y descubrir que me han robado la bolsa. Porque oye, que esas cosas pasan. La gente a veces roba. No hay nada de valor en mi bolsa. Solo el billete de tranvía por si hiciese demasiado calor para volver andando a casa y las llaves. Pero el móvil ya lo suelo dejar en casa, por precaución.
Así que me he montado la película: si me roban la bolsa con la ropa y las llaves de casa, se lo diría a la policía local o guardia civil que anda por ahí cerca. Tocaría llamar a un cerrajero y probablemente, a no ser que me dejaran algo, irme descalza y en bañador a casa (aunque eso sería lo que menos me preocupa jaja).
En mi capacidad sobrenatural de sobre-pensar en diferentes situaciones (oye, que mi cerebro es así y no le gusta dejar muchas cosas a la improvisación), he confeccionado varios guiones de por si acasos. Curiosamente, en esos guiones, lo que menos me preocupaba era poder ahogarme en mi hazaña de llegar a la boya nadando. Porque escucha… que de algo hay que morir. Pero lo de tener que ir a la guardia civil a decir que me han robado, llamar a un cerrajero, etc, etc, etc, me resulta a priori más estresante. La interacción social, sí.
Luego me dicen eso de: uy, pero si tú te relacionas muy bien. Y yo pienso: por supuesto… no sabes tú la cantidad de guiones y situaciones que ha considerado mi cabeza para hacerlo en orden y de manera correcta. Tengo alta capacidad en algunas cosas. Y una de ellas es hacer guiones.
Así que, con tanto diálogo interno, la posibilidad de la picadura de medusas o ahogarme por una corriente marina no prevista o agotarme en el intento, pasó a ser algo totalmente insignificante.
La boya no está tan lejos como parece. He llegado nadando a ella sin problema, sin cansancio y con tranquilidad. Pensando en que el próximo día me tengo que llevar el acuapac para meter las llaves y el billete de tranvía y así poder liberarme de lo que realmente me genera estrés y disfrutar mucho más y mejor del mar, de la boya, de la gaviota que había sobre ella y de la tranquilidad de ser únicamente nosotros dos los que nadábamos por allí. Porque no, no he nadado sola. No tenemos que hacer las cosas que nos dan miedo solos necesariamente.
Lo de que no lo tengo que hacer todo sola lo aprendí hace muchos años, allá por el año 97, cuando pedí a mis padres ir a un psiquiatra porque estaba sumida en una depresión que casi acabó conmigo.
Para hacer ciertas cosas podemos tener la presencia de alguien que nos da seguridad. Podemos pedir ayuda. Podemos decir eso de: “yo solo no me atrevo, pero sí iría contigo”.
Es algo que siempre he pensado: hay personas que nos ayudan a crecer, a superarnos, a vencer nuestros límites y sentirnos acompañados en nuestros miedos. Esas personas son tesoros.
Llegar a la boya ha sido algo chulo para mí por estar nadando varios metros sin tocar suelo, por la tranquilidad; el Mediterráneo estaba muy amable hoy. Y mi compañero de natación nada como Tritón. Y lo escribo con mayúscula porque no me refiero al animalito anfibio, sino al dios griego del mar, hijo de Poseidón.
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