Hoy llueve en el Valle de Hecho. Ayer se puso a llover al regresar al refugio de Linza cuando apenas quedaba luz bajando del Petretxema. La lluvia nos respetó durante el día, pero no lo hizo el viento. El viento sopló durante toda la mañana y al medio día. Dejó de ventear por la tarde, cuando las nubes negras de lluvia que llegaban desde la parte francesa amenazaban con detenerlo.
El viento. El viento es uno de los elementos que menos me gusta. El viento me da miedo, porque no me deja caminar con normalidad, porque se mete en mi cerebro a través de mis oídos y de mi cuerpo entero y me zumba constantemente dejándome en una sensación de irrealidad no buscada.
Durante la mitad de la jornada de ayer, hasta llegar a la cima, el viento nos sacudió de lo lindo. Era constante y fuerte excepto algunas rachas extremadamente fuertes que levantaban la nieve del suelo, la descomponía en minúsculas agujas y nos la echaba encima. Y, además, venía de frente; por lo que tocaba ponernos de espaldas para que no nos hiciese heridas en la poca piel que llevábamos al descubierto. En las zonas más altas también se veía nieve volando como si fuese polvo enfadado.
Si hubiese ido sola me hubiese dado media vuelta al primer venteo, claro. Como no iba sola y el único experto de la expedición vio claro que se podía avanzar un poco más, pues es lo que hicimos.
No sin dificultades llegamos a la antecima donde el viento parecía sacado de una película de terror. Por momentos me paraba y dejaba que el viento hiciese conmigo lo que le diese la gana. La lucha psicológica contra los elementos es batalla perdida. Mejor dejarle hacer lo que tenga que hacer. Después seguía avanzando en un estado de medio disociación. Disociación la mía, claro. El viento estaba muy presente en sí mismo.
Al menos en esta ocasión no perdí el sentido de la propiocepción de mis piernas como sí me pasó el día anterior (pero eso da para otro post).
En la antecima bajaba una pareja. Mi compañero le preguntó al hombre que cómo estaba la cima. La respuesta fue algo así como: “igual que aquí, un viento impertinente”. Siguieron hablando un poco más a gritos (porque si no, no se escuchaban), que de dónde eran, que si vaya día, que si no sé qué… Mientras ellos hablaban yo estaba ahí, falcada sin decir ni mu, alucinando, dándome cuenta de que ellos estaban viviendo una realidad y yo otra muy distinta.
En mi realidad, hablar en esas condiciones era completamente imposible. En mi realidad el viento no era impertinente, sino aterrador y bastante paralizante.
En mi realidad, eso de seguir un poco más arriba con ese viento es algo que hacen algunos terrícolas a los que parece que aquel viento únicamente les molesta, pero nada más. ¡Solo les molesta! Una vez más (como tantas otras veces en mi vida) me sentí en un mundo ajeno al mío con seres que lo poco que parecen tener en común conmigo es que tienen brazos y piernas y hablamos en castellano, pero por lo demás… Me sentí como si yo fuese completamente de otro planeta, espectadora de una película de ciencia-ficción en la que puedo ESTAR, pero desde luego no puedo SER.
¿Ser? Sí, lo único que puedo SER es una simple espectadora que ha decidido caminar en un mundo paralelo a ese otro mundo de seres extraños a los que ese viento únicamente les genera malestar. ¡Solo malestar! ¿solo malestar? ¡solo malestar! ¿Habéis visto la serie Stranger Things y el mundo del revés? Pues eso, del revés. Lo que no tengo claro es si el “mundo del revés” es el mío o el de ellos.
Lo mío con el viento no era malestar. Era otra dimensión. No sentí tanto miedo al viento como el día anterior. Pero sí sentí que el viento me alejaba de mí. Tal vez, ese “alejarme de mí” era la única manera de seguir caminando en esas condiciones. Como tantas otras veces, me alejé de mí, me alejé del monte, me alejé del entorno. Es un mecanismo psicológico de supervivencia para que las situaciones que son muy impactantes o intensas no generen un trauma irrecuperable.
Ese mecanismo psicológico no es exclusivo del autismo, le puede ocurrir a todas las personas ante cualquier evento que resulte demasiado intenso tanto física como emocionalmente.
El cerebro no está diseñado para disfrutar, sino para sobrevivir. Y activará cualquier mecanismo para sobrevivir. El que sea, el que pueda. Y si percibe peligro o algún impacto muy desagradable o intenso del tipo que sea, reaccionará normalmente de varias maneras: lucha, huida, parálisis, disociación, acomodación, colapso…
Para algunos, ese viento tal vez le da “emoción” a la ruta. Es como la atracción de los coches de choque: a algunos les gusta. Yo lo probé una vez y jamás repetí. El tiovivo: a algunos les divierte y a otros nos marea. Es como el meterse en una discoteca: a algunos les encanta y a otros nos duele. Es como caminar con frío: a algunos nos gusta y otros no lo soportan. Es como caminar con viento fuerte: a algunos les molesta, a otros nos trauma. Lo que para algunos puede ser divertido para otros puede ser algo muy desagradable. Cada persona disfrutamos de una manera.

Llegamos a la cima del Petretxema. Allí el dios viento soplaba menos, nos regaló relativa calma y hasta pudimos sentarnos un rato, comer algo, sacar el móvil y echar alguna foto. El viento fue amainando y la ruta de bajada nada tuvo que ver con la ruta de subida. Aunque el camino de subida y bajada fue prácticamente el mismo, parecían dos mundos distintos. ¡Cómo cambia la realidad metiendo un elemento como el viento!
La bajada la disfruté mucho, pude volver a mí, ver los colores del cielo y las montañas de alrededor, pude ver la cantidad y la blancura de la nieve. Al llegar abajo y poder quitarme los crampones y las botas rígidas tuve un orgasmo de placer en los pies. ¡¡A ver cuándo inventan las botas de montaña minimalistas, que dejen doblar bien los tobillos, que sean blanditas, impermeables y cramponables!!
Cualquier día vuelvo al monte. Debo ser masoca. O resulta que la parte buena siempre es mejor que la no tan buena. O porque valoro esos mundos paralelos, esas dos realidades distintas con algunos portales a ambas dimensiones donde podemos encontrarnos.
En la foto estoy en el Petretxema. Volviendo a mí.
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